No sé cuándo empezó exactamente esa voz interna que me descalificaba.
Pero sí sé que fue un largo camino. Un camino silencioso, a veces invisible, donde muchas veces me callé aunque tenía algo para decir.
Donde dudé de mis ideas, de mis intuiciones.
Donde sentí que si cometía un error, automáticamente perdía valor.

Me convencí de que equivocarme era igual a ser menos.
Un simple error, una distracción, un olvido… y ya me llamaba “estúpida” como si eso pudiera definir quién era.
Lo decía en voz baja, lo pensaba fuerte.
Y lo peor no era que alguien lo dijera desde afuera.
Lo peor era que yo me lo repetía desde adentro, con una dureza que ni yo merecía.


El autocastigo cuando no sabemos

Hubo momentos en que no podía recordar cosas simples. Momentos de cansancio, de estrés, de ansiedad.
Y ahí aparecía esa voz interna, implacable.
“¿Cómo no vas a saber eso?”, “¿Otra vez te olvidaste?”, “¿No podés ser más atenta?”.
Y de nuevo, la sentencia: “qué estúpida”.

Como si no estar segura me volviera culpable.
Como si no tener todas las respuestas me quitara valor como persona.
Me castigué en silencio muchas veces por no ser perfecta.
Por no estar a la altura de una vara que, en el fondo, nadie me había impuesto… más que yo misma.


El cambio no fue una explosión. Fue una grieta de luz.

No hubo un gran “clic”.
No fue una epifanía.
Fue un proceso. Suave. Lento.
Como una grieta en una pared muy vieja por donde empezó a colarse la luz.

Un día me observé con más compasión.
Me escuché hablarme con dureza y algo en mí se estremeció.
Me pregunté: ¿le diría esto a alguien que amo?
Y la respuesta fue clara: no.

Empecé a ver que no era estúpida. Que nunca lo fui.
Que simplemente estaba aprendiendo. Que errar no es fallar como ser humano.
Es parte del camino. Es señal de que me estoy moviendo, de que lo intento, de que vivo.


El hábito de maltratarnos… y la decisión de cambiarlo

Incluso hoy, a veces me sale decir “¡qué estúpida!”
Pero ya no lo creo. Ya no me lo digo con convicción.
Y cuando lo digo, me detengo.
Respiro.
Y me hablo distinto.

Porque merezco hablarme con amor, incluso cuando me equivoco.
Porque estoy haciendo lo mejor que puedo con las herramientas que tengo hoy.
Y porque aprendí que la forma en que me trato a mí misma puede cambiar mi mundo entero.


¿Y si la verdadera inteligencia fuera otra?

A veces pienso que esto también es inteligencia.
La de reconocer cuándo una creencia ya no me pertenece.
La de cuestionar esa voz antigua que me lastima.
La de soltar las etiquetas duras que fui cargando sin darme cuenta.

Quizás la verdadera inteligencia es animarse a construir una voz nueva.
Una interna. Suave. Clara. Amorosa.
Una que me recuerde que estoy aprendiendo.
Que soy valiosa.
Que tengo derecho a equivocarme y volver a intentar.


Te invito a preguntarte…

¿Qué frases te decís cuando cometés un error?

¿De quién aprendiste esa forma de tratarte?

¿Qué le dirías a tu versión más pequeña si se sintiera torpe o insegura?

¿Y si empezaras hoy mismo a cambiar el tono con el que te hablás?


Un ejercicio simple: la reescritura amorosa

La próxima vez que te escuches diciéndote algo duro, frená.
Escribilo.
Y al lado, escribí cómo le hablarías a alguien que amás en esa misma situación.
Notá la diferencia.
Y elegí cuál de esas dos voces querés que te acompañe.


No somos nuestras equivocaciones.
Somos quienes eligen aprender de ellas y seguir adelante.
Y eso, para mí, es inteligencia emocional

Gisele Della Corte

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