El otro día alguien me dijo: “recurrí a vos porque necesito ayuda”.
Esa frase me quedó resonando. Me hizo pensar en lo mucho que nos cuesta, tantas veces, pronunciar esas palabras: “necesito ayuda”.

A simple vista parece algo sencillo, pero no lo es. Pedir ayuda es un verdadero desafío, porque toca fibras profundas de nuestra historia, de nuestras creencias, de lo que pensamos que “deberíamos” poder resolver solos.

¿Por qué nos cuesta tanto pedir ayuda?

Hay muchas razones, algunas muy personales y otras más colectivas.

  • Crecimos con la idea de que ser fuerte es no necesitar a nadie.
  • Pensamos que pedir ayuda es molestar o cargar al otro.
  • Nos da miedo que nos rechacen o que no sepan acompañarnos.

Yo misma, durante mucho tiempo, creí que pedir ayuda era sinónimo de debilidad. Si lo hacía, era solo en cosas pequeñas, pero nunca en lo que realmente me dolía o necesitaba. Había una voz interna que me decía: si pedís, es porque no podés con tu vida”. Y qué error tan grande.

Me costaba hasta aceptar ayuda de mi mamá que siempre estaba ahí presente para mi, y cuando realmente necesité esa ayuda la pedí. Recuerdo el momento, la sensación, la emoción y sentimiento, hasta el año. Pero en ese momento a la amiga que le pedí no supo ayudarme, porque a veces el otro no puede, o no sabe cómo. 

Lo que descubrí en mi propio camino

Con el tiempo entendí que pedir ayuda no es debilidad, sino valentía.
Es tener el coraje de reconocer que no podemos con todo, que somos humanos, que no tenemos todas las respuestas. Y eso está bien.

No somos super héroes que podemos con todo, pero a la vez si podemos. ¿Contradictorio? Tal vez, pero es entender que somos nuestra propia heroína, y que a veces las repuestas no vienen del otro, vienen de nuestra alma. 

También aprendí que no todos ayudan de la misma manera. Cada persona da lo que puede, desde su mirada, desde su corazón, desde sus recursos. A veces la ayuda no llega como la imaginamos, pero eso no significa que no esté.

Desde lo espiritual y energético

Cuando nos negamos a pedir ayuda, también bloqueamos el flujo natural de la energía entre dar y recibir. Nos quedamos en el control, en el “yo puedo con todo”, y ese exceso de autosuficiencia nos desconecta.

En cambio, cuando abrimos el corazón y pedimos, estamos permitiendo que la vida, el Universo, Dios —como cada uno lo sienta— se manifieste también a través de los otros. Pedir ayuda es abrir un canal de luz. Es reconocer que no estamos solos, que hay manos tendidas, que el sostén existe.

Una reflexión final

Tal vez la verdadera pregunta no sea “¿necesito ayuda?”, sino “qué me impide pedirla cuando la necesito?”.
Porque en esa respuesta está gran parte de nuestro trabajo interior: sanar la autosuficiencia, soltar el miedo, abrirnos a recibir.

Pedir ayuda no nos hace menos. Nos hace más humanos, más conscientes, más conectados.
Y quizá, en ese gesto simple y profundo, también estamos enseñando a otros que pedir es posible, que recibir está permitido, y que sostenernos entre todos es parte de la vida.

Si mientras ibas leyendo estas palabras sentias que pedir ayuda es lo que necesitas, quiero que sepas que no estas sola. Acompaño en proceso de reconexión, sanación energética. Podes escribirme y vemos juntas cómo puedo ayudarte en este momento de tu camino

Abrazo, Gise

Gisele Della Corte

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