Hay algo que pocas personas se animan a decir en voz alta:
es más fácil ver la sombra que la luz.
Y no porque seamos negativas, ni porque estemos “rotas”.
Sino porque la sombra siempre está ahí, directa, honesta, sin maquillaje espiritual. La luz, en cambio, a veces se esconde detrás de capas de miedo, mandatos y versiones de nosotras mismas que ya caducaron.

Aprendí que el viaje hacia la luz no empieza arriba… empieza abajo. En ese descenso que mucha gente evita, pero que contiene un tesoro que solo se revela a quien se atreve a entrar.

También voy a ser sincera que muchas personas sólo ven su parte luminosa y no ven su sombra, es algo que vemos en el día a día. Reconozco que no es un camino fácil, ni luminoso, pero vamos sintiendo satisfacción a medida que lo vamos recorriendo.

La sombra no es un problema: es un mapa

En la sombra guardamos memorias, heridas, emociones sin procesar…
Pero también información sagrada:

• nuestros dones,

• nuestra sensibilidad,

• nuestra intuición,

• la fuerza que olvidamos que teníamos.

Desde la mirada cabalística, la sombra no es oscuridad vacía; es energía potencial. La pregunta no es “¿cómo la elimino?”, sino “¿qué me quiere mostrar?”.

Es mirarla de frente, escucharla, sentirla… es conectar con ella porque ahí están las repuestas que estamos buscando.

Descender es un acto de magia

Cuando bajamos profundo —a ese lugar donde duele, donde se mueve todo, donde creemos que nos rompemos— algo se enciende.
Ese es el trabajo energético real:no el de escapar hacia la luz, sino el de recuperar la luz que dejamos en la sombra.

Como bruja moderna, sé que la alquimia personal no ocurre en la superficie.
Ocurre en el cruce entre lo que tememos y lo que anhelamos.
Ahí es donde se revela el poder.

A veces salimos en pedazos… y está bien

Este camino no siempre es amable.
A veces lloramos.
A veces nos enojamos.
A veces salimos a medias, con pedacitos sueltos colgando.
Y a veces salimos completas, sintiendo que por fin llegamos a alguna parte.

Pero cada bajada deja una marca:
nos vuelve más conscientes, más sensibles, más verdaderas.

¿Qué encontramos al final del descenso?

Encontramos nuestra luz, pero no esa luz perfecta de foto editada para redes sociales.
Encontramos la luz que nace de la honestidad, de la vulnerabilidad, de la valentía de mirarnos de frente.

La luz que aparece cuando dejamos de disfrazarnos.
La luz que crece en el mismo lugar donde antes hubo miedo.
La luz que no se impone: se revela.

Estoy completa —aunque falten piezas

Porque la completitud no es perfección.
Es aceptación.
Es saber quién sos incluso cuando no estás en tu mejor día.
Es abrazar tus sombras sin perder tu brillo.
Es permitirte ser un proceso, no un resultado.

Y desde ahí, sí:
te volvés una mujer medicina.
Una maga.
Una guía.
Una canalizadora.
Una mujer que no teme al descenso porque sabe que ahí se regenera su poder.

Gisele Della Corte

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