“Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…”

Esa frase no es solo un recuerdo. Es una estructura.

Muchos crecimos sintiendo que equivocarnos nos hacía malos.

Que desear algo propio era egoísmo.

Que poner un límite era lastimar al otro.

Y así, sin darnos cuenta, fuimos armando una forma de vivir: sostener todo… menos a nosotros mismos.

La culpa como mecanismo de control

La culpa no aparece porque sí.

Es un mecanismo aprendido.

Una forma de mantenernos dentro de ciertos límites… aunque esos límites nos hagan mal.

Porque la culpa tiene algo particular: no te mueve, te frena.

Te hace revisar, pero desde el castigo.

Te hace mirar, pero desde el juicio.

Y entonces pasa algo muy concreto:

No cambiás.

No elegís distinto.

Solo te sentís mal… y volvés a lo mismo.

No es culpa: es desconexión

Hay un punto donde es necesario hacer un giro.

No todo lo que sentimos como culpa… es culpa.

A veces es simplemente un momento de desconexión.

Un corrimiento de lo que sabés.

Un actuar automático.

Un repetir sin conciencia.

Y eso no necesita castigo.

Necesita presencia.

Porque no sos lo que hiciste.

Pero sí sos responsable de lo que hacés con eso.

El problema no es equivocarte, es no revisarte.

Equivocarse es parte del proceso.

El problema es cuando la culpa ocupa todo el espacio y no deja lugar a otra cosa.

Porque mientras estás ocupada sintiéndote culpable, no estás eligiendo distinto.

Ahí aparece el verdadero quiebre:

pasar de la culpa…a la convicción.

La convicción no es comodidad

La convicción no es sentirte segura.

No es tener todo claro.

Es sostener lo que sabés que es para vos…

incluso cuando incómoda.

Incluso cuando el otro no lo entiende.

Incluso cuando aparece la culpa igual.

Entre el amor y el límite

El amor sin límites desborda.

El límite sin amor endurece.

Cuando solo das, te perdés.

Cuando solo te cerrás, te aislás.

Y muchas veces la culpa aparece justo ahí:

Cuando empezás a moverte distinto.

Cuando dejás de decir que sí a todo.

Cuando empezás a poner un límite.

Cuando te elegís.

Porque eso rompe con la estructura anterior.

La culpa como señal de cambio

Hay algo que incomoda pero libera:

no siempre la culpa indica el error.

A veces indica cambio.

Cambio de rol.

Cambio de lugar.

Cambio de identidad.

Dejar de ser quien eras para empezar a ser quien sos.

Elegir distinto (aunque incomode)

Salir de la culpa no es dejar de sentirla.

Es no obedecerla automáticamente.

Es poder preguntarte:

¿Qué estoy evitando sostener?

¿Dónde me estoy achicando?

¿Estoy eligiendo desde el miedo… o desde lo que sé?

No para responder perfecto.

Sino para empezar a ser más honesta.

Tal vez no se trate de dejar de sentir culpa.

Tal vez se trate de empezar a mirarla distinto.

No como una condena, sino como una señal.

Una señal de que algo se está moviendo.

De que ya no podés sostener lo mismo de siempre.

De que hay una parte tuya que está pidiendo otro lugar.

Porque salir de la culpa no es volverte mejor.

Es volverte más consciente. Y desde ahí, elegir distinto.

Si sentís que este tema te toca de cerca, no hace falta que lo atravieses sola.

A veces ordenar lo que te pasa, entender tus patrones y poner claridad donde hoy hay ruido hace toda la diferencia.

Ese es el espacio que trabajo en sesión.

Gisele Della Corte

Selecciona tu moneda
ARS Peso argentino
Abrir chat
¡Hola! 👋
¿En qué te podemos ayudar?