Hay momentos en los que nada parece estar del todo mal, pero tampoco termina de sentirse bien.
La vida sigue, las rutinas están, las decisiones se sostienen… y aun así, algo incomoda.

No es una crisis abierta.
Tampoco una urgencia.
Es una sensación más sutil: lo que antes encajaba, ahora queda torcido.

En este punto suele aparecer la confusión. No como falta de información, sino como consecuencia de un movimiento interno que todavía no terminó de acomodarse. Algo adentro empezó a reordenarse y la forma externa todavía no lo refleja.

El desorden no siempre es retroceso

Cuando un reordenamiento interno comienza, lo primero que se pierde es la referencia conocida.
La mente busca claridad rápida, explicaciones, certezas. Pero este tipo de procesos no se ordenan pensando más, sino escuchando mejor.

El desajuste aparece porque seguimos viviendo desde estructuras que ya no coinciden con quién somos hoy. No porque estén mal, sino porque quedaron chicas.

Por eso el cuerpo suele ser el primero en avisar: cansancio que no se va, tensión sostenida, sensación de estar “en falta” sin saber con qué. No es debilidad ni desorden emocional. Es información en movimiento.

Cuando forzar claridad empeora el ruido

En esta etapa, muchas personas intentan decidir rápido para calmar la incomodidad. Cambiar algo, cortar, empezar, definir.
Pero cuando el reordenamiento todavía está activo, forzar decisiones suele generar más ruido interno.

No todo lo que incomoda pide acción inmediata.
Algunas incomodidades piden presencia.

Registrar qué ya no se siente propio.
Observar qué se está sosteniendo por costumbre.
Reconocer qué energía empieza a retirarse, aunque todavía no sepamos hacia dónde va.

Ordenar no es apurar

Ordenar internamente no implica tener todas las respuestas. Implica dejar de pelearse con el proceso.
Aceptar que hay tiempos en los que la claridad no llega como una idea, sino como una dirección que empieza a insinuarse.

En los espacios de acompañamiento, este momento es clave. No se trata de provocar cambios, sino de darle forma al movimiento que ya está ocurriendo. Leer el cuerpo, la energía, los patrones que se repiten, ayuda a que el reordenamiento no se viva como caos, sino como transición.

Cuando algo se acomoda, la lucha baja

A medida que el orden interno empieza a tomar lugar, la exigencia afloja.
La mente se aquieta.
El cuerpo responde distinto.

No porque todo esté resuelto, sino porque algo vuelve a coincidir.

Febrero tiene mucho de esto: no definirlo todo, sino permitir que lo que ya cambió internamente encuentre su nuevo lugar.
Cuando dejamos de empujar claridad y empezamos a acompañar el proceso, el camino se vuelve más honesto… y mucho más liviano.

Gisele Della Corte

Selecciona tu moneda
ARS Peso argentino
Abrir chat
¡Hola! 👋
¿En qué te podemos ayudar?